¡Y este es mi nuevo piano!

 

Un día de esos raros en los que volví a levantar la tapa de un piano y pulsé tímidamente las teclas, mi hijo estaba cerca.

De pronto vi sus ojos y la forma en la que me escuchaba y su reacción me hizo pensar que tal vez era tiempo de rectificar, de volver, de intentarlo al menos. 

La idea (y su insistencia) se fue convirtiendo en sentimiento y al final, más de un año después me compré este maravilloso KAWAI de 121 cms. en el local de unos grandes profesionales de Bilbao que además me pusieron en contacto con una profesora de piano. Ella es la Directora de una Escuela de Música y me entendió desde el primer momento. Me dijo: 'Volverás a encontrar a tu cómplice, te reconciliarás con él y lo conseguiremos juntas. Estoy aquí para ayudarte'. ¡Impresionante! 

Por encima de la técnica y del lenguaje musical olvidado a fuerza de querer olvidarlo, se trataba de sentir de nuevo el piano como un aliado, como el soporte de mi conciencia, como el traductor de mis silencios.

Los primeros días fueron complicados: se cruzaban recuerdos, sueños rotos, una adolescencia rebelde que nunca entendió por qué, lecturas que no conseguía traducir, pulsiones descontroladas, tensas...

Durante aquellas primeras clases salieron lágrimas al camino pero el impulso de un nuevo aliento las dejó salir sin que me estorbaran y permití que también ellas me ayudaran. Miraba de reojo a mi profesora que me observaba y dirigía paciente y con ternura, y confié.      

Un mes después mis dedos empiezan a hablar y de repente todo se acelera. De pronto las teclas se convierten en el cauce hacia el reencuentro de un inesperado espacio que ahora, con la perspectiva del tiempo y los años vividos, se convierte en un regalo que siempre me hace vibrar. 

Gracias, a mi hijo, a mi maestra y a mí misma por intentarlo y sobre todo por conseguirlo.