¡Éste era mi piano! 

 

El mejor cómplice y testigo de mi infancia hasta la inmensa adolescencia. Donde acudía siempre que la soledad no remediaba la tristeza o necesitaba compartir la imagen de un sueño, uno de tantos...

Comencé mis estudios a los cinco años y los finalicé a los dieciséis. Podía haberlo hecho a los quince pero quise llevar al examen de fin de carrera una obra de Beethoven, lo que supuso un año más a razón de ocho y diez horas diarias de trabajo. Todo por varias razones y sobretodo por un claro objetivo: ir a Viena a estudiar Dirección de Orquesta que era lo que realmente me fascinaba.

Contaba con el todo el apoyo de mi profesor del Conservatorio y antes del examen final ya lo teníamos prácticamente dispuesto.

Pero cuando llegó el momento, a pesar de mi dedicación y esfuerzo incluso la felicitación del Tribunal por mi interpretación de aquella obra beethoviana, mis padres se echaron atrás y no me dieron permiso.

La frustración y la rabia que sentí acarrearon importantes consecuencias que jamás han sido remediadas: gran parte de lo aprendido fue encerrado en la parte más opaca de mi cerebro -ahí sigue, supongo que sin esperanzas ya de salir- cerré la tapa de piano y dije ¡nunca más! No volví a tocar. Y a mi viejo compañero con el tiempo lo vendí. 

A veces me he visto frente a uno y he sentido la tentación de sentarme. Incluso llegue a hacerlo en cierta ocasión y hasta pulsé las teclas en un peregrino intento de reconciliación. Tengo que reconocer que sentí el hormigueo de una vieja emoción en mis dedos pero rápidamente cerré la tapa y me fui.  

Sin embargo debo de admitir que los once, aquellos ¡once! años, aquellas largas horas de estudio y refugio fueron decisivos en algo que iba mucho más allá de la formación musical y que dejó una valiosa y a veces indescriptible huella: la sensibilidad artística que en muchas ocasiones ha convertido y convierte mi vida en algo muy especial.

Y eso sí tengo que agradecérselo a mis padres, en especial a él, a mi padre.