De ocho a diez horas diarias tocando el piano durante el último año de carrera me dejaron una espalda dolorida y resentida, así que el médico le aconsejó a mi madre que hiciera natación o equitación y puesto que ya sabía nadar, comencé a montar en un club hípico donde descubrí lo que iba a ser -para siempre- una de mis mayores pasiones: los caballos.  

Como casi todo el mundo, después de superar los cursos de iniciación, principié los de salto de obstáculos y estuve bastante tiempo participando en pequeños concursos. Pero no era muy hábil en esta disciplina así que probé a salir y dar paseos por el monte. Y ahí sí, ahí encontré mi sitio. Primero en grupo, luego en grupo y sola, o sola y en grupo, igual me daba.

Saltaba troncos, vadeaba ríos, galopaba sin manos, sin estribos -siempre odié usarlos-

Días de largas rutas, noches de hotel y de tiendas de campaña oyendo sus resoplidos, mañanas de sábados y domingos con paradas inolvidables en las que rendíamos cuenta de los mejores hamaiketakos...

Observándoles , cuidando de ellos y del mío propio siempre. Me costaba un gran esfuerzo dejarles en la cuadra al terminar la jornada y los fines de semana se los dedicaba consagrada.

Les ayudaba pacientemente a quitar sus miedos de pisar sobre una alcantarilla o de atravesar un puente con el vértigo del vacío a derecha e izquierda, despacio, a pie junto a ellos, hablándoles al oído para que confiaran en mi. Y cuando lo hacían recibía ese regalo agradecida.

En las ocasiones en las que iba sola y el tiempo acompañaba, me lanzaba a explorar nuevos caminos armada de cuerdas y machete. Cada sendero desconocido me atraía como un imán, y en aquellas ocasiones en las que me llegué a perder, totalmente desorientada, aflojaba las riendas y me dejaba llevar. Tranquilos, buscando con toda serenidad el camino de vuelta, me llevaron siempre de regreso a casa. Dicen que se debe a que  cuando salen de su hábitat saben donde les queda el sol y de esa manera consiguen orientarse para volver. Nunca he intentado comprobar si esa teoría es cierta o exacta o ninguna de las dos cosas pero la verdad es que mis caballos nunca llegaron a perderse realmente -yo sí-

Al caballo acudía fielmente, en especial cuando, como con mi piano, la soledad no remediaba la tristeza, cuando  necesitaba sentirme libre, cuando quería compartir en un monólogo gratificante, o simplemente solazar mi piel y todos mis sentidos con su contacto y su entregada compañía.

Sin embargo aquél círculo se cerró hace unos pocos años, cuando me retiré definitivamente para dedicarme en exclusiva a otra de mis pasiones: el teatro. Pero éste es otro capítulo de mi vida, de mi  errante e inquieta vida.