PEPA

Esta mañana en el parque, mientras mi perra investigaba las novedades culinarias del suelo, he recordado a Pepa, mi querida vecina que falleció recientemente y a la que yo quería casi como una hija.

Siempre me contaba historias de su infancia, anécdotas de la gran ciudad a la que tuvo que emigrar desde muy jovencita, de vecinos que ya murieron, y de la familia de unos marqueses con los que trabajó durante muchos años.

Una de esas fantásticas y divertidas tardes, sentadas las dos en su cocina, se acordó de un hombre de su pueblo al que le faltaba una pierna, y de lo que se reían los niños cuando le veían cojear.

– ¿Cojear? -le pregunté- ¿Pero no dices que le faltaba una pierna? Entonces no era cojo...

– Si era cojo, coño. ¡Cojo! ¿No sabes lo que es un cojo?

Y empezó a imitar a uno por toda la cocina.  

– Pero Pepa, eso es imposible.

– ¿Cómo que imposible? ¿Estás tonta, o qué?

– Es que cojo sería si anduviera con dos piernas, y desiguales. Pero si le faltaba una digo yo que sería…

Pepa empezó a mirarme enfadada y no pude terminar la frase de la risa que me daba las caras que ponía. 

– ¡Andaba cojo porque tenía una pierna ortopédica! ¡Lista! Y mierda de pierna ortopédica que le hicieron, que era más corta que la buena. Ja, ja, ja, ja… ¡Uy, que Dios me perdone! Reírme de un pobre cojo… (ji, ji,ji)

(Maravillosa Pepa)

Matié.

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