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LA RISA DEL TIEMPO

  Aquí estoy yo, el insignificante, o eso quisieran muchos, reloj de la pared de este Bar–Café, observando a la banda de chiflados que discurren frenéticos a mis pies.

No hay mucha gente hoy.

Justo debajo de mí está la cajera. Esta señora, peculiar hasta la gran sombra que provoca, lleva una hora intentando comprender cómo la calculadora le multiplica pesetas cuando ella le está marcando euros. De vez en cuando se retuerce el dedo dentro de la oreja ‘buscando soluciones’.

A mi izquierda, una joven se debate entre las 'prótesis' que le han visto nacer: un auricular en un oído, en el otro el móvil, en una mano un bolígrafo con el que intenta escribir y una pila de libros que sujeta, habilidosa, con el codo. Todo a la vez. 

Y a mi derecha, un voceras que se va a tragar el móvil en cualquier momento con tanto aspaviento, si antes no lo estampa contra el suelo.

Pero hay varios más, dispersos por el resto del local, como por ejemplo los que, periódico en mano, planean cómo asesinar a la “batidora táctil” y su “megáfono” del bocazas del móvil cada vez que intentan concentrarse en los mensajes de la tinta que les mira.

O aquel otro de la extraña cara risueña que más bien parece una réplica de su propio negativo.

O el grupo de las felices comadres, tan a gusto entre chismorreos y falsos testimonios que aseguran ser tan de verdad como ellas mismas; incomparables expertas en el lenguaje del ‘guiño’ con el camarero: un guiño, una pizca de coñac en el café; dos guiños, un chorrito, y con los dos ojos a la vez, ¡a derroche! Guiños, directamente proporcionales a cada gana de olvido.

Sin embargo, la mesa que más atrae mi atención es la que se encuentra junto a la ventana. Curiosamente siempre la ocupan solitarios personajes. No les importa si hace frío o no en aquel rincón -todos sabemos que sí- Buscando cerrar los ojos, llorar por sus sueños o dibujar el crepúsculo a través del cristal mugriento, permanecen inmóviles en su ingrávido refugio. Creo que soy el único que les observa, que les grita desde el silencio su tiempo, ese tiempo suyo traslúcido.

En fin, ahí están todos envueltos en su tupida membrana, olvidándose de los minutos que transcurren a un solo ritmo y no al que ellos quisieran.

La mayoría, tarde o temprano acaban por mirarme. Pero esta vez no. Esta vez, sumergidos más que nunca en su propia historia, no se han dado cuenta de que llevo parado más de una hora.

Yo, que no soy para ellos más que el indeseable instrumento que marca los límites de sus fantaseados espacios intemporales.

   Yo, que sobrevivo a pesar de soportar sobre mí tantas miradas pendencieras, de censura o incontenible ansiedad. 

Yo, que armonizo con cada uno de sus latidos, que marco el paso del tiempo, de ese tiempo que anuncia y no disculpa, hoy, seré el último que ría.

Por una vez.  

¡Ya era hora!

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