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EL ALMA DE LA ABUELA

          

Aitor y su abuela compartían la vieja mecedora frente a la chimenea encendida, y abstraídos se dejaban llevar por el efecto de las llamas. Observándoles, el tiempo se detenía a sus pies.

De pronto el niño puso voz a sus pensamientos.

— Amama ¿por qué los perros no se ríen? –preguntó.

— Lo hacen, Aitor, pero con los ojos. Fíjate bien en Sua y lo comprobarás – respondió ella.  

Pasaron unos minutos y el niño volvió a preguntar.

— Amama… ¿Y también lloran?

— Sí

— Pues yo nunca he visto llorar a Sua.

— Porque lo hace con el alma.

Aitor continuó pensativo.

— Amama ¿los perros tienen alma?

— La tienen, pero a todos no se les ve. Igual que a los humanos.

— ¿Y a quiénes no se les ve?

— A los que la risa no les llega a los ojos, ni las lágrimas al corazón. No lo olvides,  maitia.

Aitor no entendió la respuesta y miró fijamente a los ojos de su abuela.  

— Amama… ¿Tú tienes alma?

— Ahora sí.

— ¿Ahora? ¿Y antes no tenías?

— Sí. Nací con una libre y radiante pero me la robaron hace muchos años.  

— ¿De verdad? ¿Quién…?

— De verdad –le interrumpió ella– ¿Te cuento un secreto? Ahora tengo una nueva. La trajiste contigo al nacer. Aún es pequeña y joven como tú, pero crecerá contigo y la verás siempre a tu lado.   

— ¿Y será como la de de Sua?

— ¡Por lo menos!   

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